lunes, 25 de julio de 2011

¿Qué dice tu publicidad de ti?

El poco sutil anuncio del que me hice eco el sábado me hizo pensar en el camino que ha ido siguiendo el mercado de la publicidad en los últimos años y de cómo esta ha acabado hablando de nosotros mismos.

La estrategia tradicional está basada en los canales de difusión tradicionales: prensa, radio y televisión. Estos canales son unidireccionales e indiscrecionales con respecto a la audiencia (el emisor no tiene ningún control sobre quién recibe la información), por lo que, para asegurarse de que el anuncio llega a un comprador potencialmente interesado, el publicista tiene que:

  1. Asegurarse de que el anuncio llega al mayor número de personas posibles, ergo la importancia del share o cuota de pantalla en televisión y de similares métricas para radio y prensa.
  2. Asegurarse de que el espectador/lector no es indiferente al anuncio, ergo la importancia de los anuncios con gancho o de pequeños trucos como incrementar el volumen en origen cuando la emisión pasa a publicidad (de manera que el espectador siga oyendo la tele incluso si se va a la cocina a lavar los platos) o los periodos de publicidad de supercorta duración que desincentivan al espectador a zapear (el típico "volvemos en 30 segundos").

Con el advenimiento de Internet los nuevos canales ofrecieron una estrategia muy similar: coleccionar direcciones de correo electrónico y enviar anuncios a los mismos de manera indiscriminada con la esperanza de que algún receptor estuviera interesado en el producto. Pronto surgieron normativas anti-correo basura que prohibían este tipo de prácticas, de la misma manera que surgieron a continuación empresas que se encargan de ofrecer una circunvalación a esta problemática mediante el correo masivo aceptado. La idea es simple: usuarios registran su dirección de correo electrónico de manera voluntaria para recibir anuncios en su bandeja de entrada a cambio de una pequeña remuneración económica, por ejemplo 5 céntimos por anuncio; la empresa que gestiona esta lista de receptores voluntarios puede entonces ofrecer sus servicios a anunciantes y cobrar, por ejemplo, 10 céntimos por destinatario alcanzado. El anunciante cuenta con una gran audiencia, la empresa gestora obtiene un beneficio y el consumidor final es respetado. Una de estas empresas es, por ejemplo, consupermiso.com.

Sin embargo, el verdadero boom de la publicidad en Internet ha venido de la mano de Google y su publicidad adaptada. Esto supone un cambio de estrategia mayor: en lugar de anunciar de manera indiscriminada y tratando de alcanzar la mayor audiencia posible con la esperanza de llegar a potenciales compradores, Google empezó a investigar a los usuarios y a realizar cálculos sobre qué tipo de publicidad podría ser de mayor interés para cada uno de ellos. Toda información es buena, desde las palabras clave utilizadas en un buscador hasta el historial de páginas visitadas anteriormente, pasando por el idioma o el país del navegante o, incluso, la publicidad en la que dicho usuario hizo clic en el pasado. De esta forma, así como dos lectores de prensa escrita, no importa cuán diferentes sus perfiles, verán el mismo anuncio en la página 3, dos lectores de prensa digital verán anuncios diferentes aún visitando las mismas noticias.

De esta forma, al crear la publicidad adaptada, llegamos al punto donde nuestra publicidad habla de nosotros. Cuando navego me encuentro con un número de anuncios en inglés mayor al de mis amigos y familiares, principalmente debido a que navego desde el Reino Unido. En cierta ocasión mantuve correspondencia con una amiga japonesa y, al detectar Gmail el origen de los correos, me plagó la pantalla de anuncios de ryokans. Cuando compré los billetes para Boston estuve viendo anuncios de KLM durante varios días. Y buena chanza tuve con mi compañero de piso cuando, consultando cierta noticia con él en su ordenador, me percaté de que casi todos los anuncios incluían mujeres ligeras de ropa: por lo visto había sido el cumpleaños de su novia hacía poco y había estado buscando algún conjunto de lencería como regalo.

Dime qué te anuncian y te diré quién eres.

sábado, 23 de julio de 2011

Anuncios que no sé qué anuncian

Dicen que una imagen vale más que mil palabras... pues aquí van mil palabras.


No sé de qué leches iba el anuncio, pero está claro que hay que llamar al 88099 para comprarlo (quiero pensar que eso es un cero y no una diana).

miércoles, 20 de julio de 2011

Multas de alto standing

Tras unas (quiero pensar) merecidas vacaciones en EEUU vengo de vuelta a estos fueros que tan abandonados tengo. De mi periplo en ultramar hablaré, no os quepa duda, pero mientras mi desfase horario vuelve a la normalidad y me pongo al día con las tareas del curro (las 22:00 y sigo trabajando, oigan) quiero dejar una perlita estadounidense que me he encontrado en la prensa.

Obama estuvo de visita hace poco en la capital londinense, cosa que pude atestiguar gracias a una carrera que me pegué por los alrededores del palacio de Buckingham.




Y resulta que, durante su visita, se le "olvidó" pagar el recargo de congestión (congestion charge), una especie de peaje por circular por el centro de Londres en horas punta. El gobierno estadounidense considera que el recargo es un impuesto y por tanto, en virtud de cierto tratado diplomático, no tiene obligación de pagar, punto en el que discrepa la administración británica que ha decidido imponerle una multa de 120 libras. Peccata minuta para un presidente, dirían algunos, pero según informa la BBC la cabezonería de no pagar hace que el gobierno de EEUU acumule una deuda de 5,5 millones de libras en concepto de multas y similares. Y ojo, que si les da por empezar a reclamar estas deudas la de la embajada española asciende a 1.25 millones...


¡He vuelto!

martes, 5 de julio de 2011

Un dia 2.0 - Vida y obra online

Esta entrada se puede ver en el Blog de Claudio García

[07:30] Suena la alarma de mi smartphone cuyo tono es una canción en mp3.
[07:35] Suena la alarma de mi smartphone cuyo tono es un pitido irritante (alarma de seguridad).
[07:40] Reviso mails y menciones en twitter desde el teléfono.
[07:45] Desayuno y me arreglo mientras escucho la radio online desde el ordenador
[08:00] Empiezo la jornada. Formación a distancia con el programa goToMeeting. Hoy doy clases para la formación de una plataforma a entidades de Valencia, País Vasco y Extremadura.
[10:30] Fin de la formación. Me hago un café mientras escucho alguna playlist en GrooveShark
[10:45] Trabajo de desarrollo. Hoy sigo desarrollando una aplicación que extrae datos de una ddbb via internet, así que los archivos los edito directamente desde la interfaz web.
[12:00] Por Skype, mi asesora me avisa de que tengo que darme prisa en poner al día las facturas porque es final de trimestre.
[12:05] Entro en mi cuenta de Dropbox para revisar las facturas hechas, mientras tengo abierto un documento en Google Docs para cotejar que la numeración y las cantidades sean correctas.
[13:00] Empiezo a hacerme la comida mientras escucho algo que me han recomendado mis amigos en la bandeja de entrada del Spotify.
[13:10] De todo lo que me han pasado, las que me gusta las busco en Grooveshark y voy haciendo nuevas playlists.
[13:30] Empiezo a comer mientras veo un capítulo de alguna serie en Megavideo
[14:30] Cafetazo mientras miro por la ventana.
[14.50] Me quedo ‘atrapao’ mirando por la ventana…
[14.51] Otra llamada por Skype me saca de la ventana. Es mi padre, que está teniendo problemas para grabar un DVD. Comparto mi escritorio y le enseño como lo hago desde mi ordenador.
[15:15] Actualizo mi perfil en Facebook
[15:20] Actualizo mi perfil en Twitter, contesto DMs y menciones. Reviso mi TL para hacer RT de lo que creo que les puede interesar a mis followers.
[16:30] Seguimos con desarrollo. Ahora toca retocar algunas cosas de un blog corporativo. Todos los archivos están online, y los modifico mediante interfaz web.
[17:30] Me invitan a un evento por LinkedIN. Lo incluyo en mi GoogleCalendar.
[17:45] Me pasan un video por twitter de un gato al que le salen arcoiris del oj… culo. Lo veo en Youtube. Lo retwitteo. Lo cuelgo en Facebook. Lo comento por Skype. Lo cuelgo en el blog (soy así, estas cosas me pueden)
[17:50] Me hago un té y me pongo a currar en un proyecto personal compartido con otros tres colegas. Reviso la lista de tareas en Teambox y reviso los últimos cambios en el servidor SVN.
[18.20] Como hay que recabar algunos datos para el proyecto, veo un par de presentaciones en SlideShare, consulto la Wikipedia un número infinito de veces y actualizo la lista común del grupo en del.icio.us
[20:00] Me invitan a un evento de Networking en un sitio que no se donde queda, así que lo busco en Google Maps y me trazo la ruta para llegar. Llego y veo a la misma gente con la que he estado hablando durante todo el día ‘virtualmente’. Y nos reimos. Y en vez de LOLs oigo sus risas… no está mal ;)

lunes, 20 de junio de 2011

La mediocridad como objetivo

Como habréis podido notar, queridos lectores, las últimas semanas no hemos estado demasiado activos en el blog; sin embargo, el que no escribamos no significa que no reflexionemos.

Mi entrada de hoy, acortada por cuestiones de tiempo, es precisamente una reflexión ante la contradictoria actitud con la que parecemos afrontar uno de los mayores dramas de nuestro país: la fuga de cerebros. Nos llevamos las manos a la cabeza cada vez que oímos hablar de grandes investigadores o emprededores españoles (tanto hombres como mujeres) que han tenido que emigrar porque en este nuestro país no encuentran las oportunidades por las que tanto han trabajado. Sin embargo, ¡ay!, cada vez que la administración, en cualquiera de sus múltiples capas, crea alguna iniciativa para fomentar y premiar a los más talentosos, un sector bien numeroso de la población explota airado acusando al gobernante de turno de elitista y sectario.

Un ejemplo claro lo tenemos en el proyecto piloto de la Comunidad de Madrid por el que se pretende crear un Bachillerato de Excelencia a base de seleccionar a los alumnos más brillantes de la comunidad. El proyecto ha sido tildado nada menos que de "radicalmente de derechas e involucionista" por el consejero de educación andaluz Francisco Álvarez de la Chica, quien tal vez prefiera dejar de premiar a los excelentes para evitar que los mediocres se vean ofendidos.

Sigamos así, sigamos fomentando esa espúrea igualdad entendida como castigar a todo aquel que quiera destacar, y por fin alcanzaremos ese destino que tantos parecen buscar: una sociedad donde todos somos igualmente mediocres y donde no hay líderes para conducir el país.

lunes, 13 de junio de 2011

La dictadura que nunca acabó

Este artículo fue redactado el sábado 11 de junio de 2011.

El sábado pasado, con más de dos años de retraso, me decidí por fin a cumplir con mi obligación de ciudadano y registrarme en el consulado español en Londres como residente en el extranjero. He tratado suficiente con la administración española como para escribir tres nuevas versiones del Vuelva usted mañana, pero incauto de mí pensé que bastaría con conocer la documentación requerida y el horario de atención al público. Allí me planté únicamente para ver un cartel en la puerta que decía "lo siento, hoy no abrimos".


Un pequeño tropezón, me dije, y volví hoy. Ahora bien, uno esperaría que si el horario de atención al ciudadano es de 10:00 a 12:00 (horario por otra parte absurdamente reducido) y llega a las 11:00, no debería tener problema para realizar un mero papeleo, pero esto sería mucho esperar en España. Una cola de unas 10 personas parecía ser mucho para la muy "honorable" vicecancillera, quien salió a las 11:15 para decir que ya nos podíamos ir a casa, porque tenían mucha gente y no nos iban a atender. Fin de la historia, el faraón ha hablado y en el pueblo no ha derecho a chistar. Pero nos quedamos y nos quejamos, exigimos que la vicecancillera (porque el cónsul no trabaja los sábados) saliera y diera la cara, pero no había manera. El agente de la Guardia Civil que custodiaba la entrada cerró la puerta en nuestras narices. Comencé a aporrear dicha puerta con el casco de la bici mientras gritaba que aquel trato era inaceptable, inadmisible, intolerable. Exigí un libro de reclamaciones para protestar y aquel agente, no sé si con cierta sorna, me dijo que la hora ya había pasado y el libro estaba en un cajón, y de ahí no se iba a sacar hasta el lunes; eso sí, me recomendó que volviera a principios de semana si lo que quería era protestar. "Guardia Civil", bien podrían llamarla Pretoriana pues su cometido parece ser proteger al dirigente, no al ciudadano.

Ante la frustración del momento una mujer afirmó "realmente nunca dejamos atrás la dictadura". Al principio pensé que era un comentario un tanto exagerado, obviamente fruto de la tensión, que la naturaleza del problema no era dictatorial sino disciplinaria: las personas que allí trabajan simplemente no tiene vocación de servir, los ciudadanos somos solo "esos, los que me amargan el sábado". Pero después me puse a pensar y recordar y me di cuenta de que aquel comentario realmente tenía mucho de razón. A la memoria me vino aquel examen de matemáticas donde una demostración era requerida, y yo ofrecí una respuesta que, según palabras textuales de mi profesora, era matemáticamente impecable; sin embargo me llevé un cero como una rosca porque, a pesar de ser una demostración perfectamente correcta, no era la que la profesora había enseñado en clase. Nuestra docente quería que repitiéramos como loros cuando yo opté por pensar, y fui castigado por ello.

No fue el único problema que tuve con el sistema educativo español. En la universidad solíamos tener teoría y práctica, y en no pocas ocasiones el profesor de teoría se retrasaba en su programa. El profesor de prácticas, ajeno al programa de teoría, nos exigiría aplicar conceptos que no habíamos adquirido, y al exponer los alumnos la situación se lavaría las manos diciendo que ni era su responsabilidad explicar los conceptos teóricos ni era problema suyo si el profesor de teoría iba retrasado. Al hablar con el profesor de teoría este nos diría que no podía influir sobre el programa de prácticas. Y si discutíamos el tema con el jefe de departamento se escudaría en la libertad de cátedra da la que gozan los profesores. ¿Y los estudiantes? Pues que se apañen.

La cosa no iba solo conmigo. Mi hermana tuvo unos malos años en el colegio, hasta el punto de suspender ocho de sus diez asignaturas al final de curso; con semejante expediente asumimos en la familia que repetiría curso, pero el jefe de estudios no parecía opinar igual. Ese era su último año en el colegio, si pasaba de curso iría al instituto y el jefe de estudios se quitaría una estudiante difícil de encima, a pesar de que su preparación para el siguiente paso era más que cuestionable. Con mucha perserverancia y oposición por parte de toda la jerarquía educativa conseguí llevar el caso hasta el inspector de educación, una de esas personas estiradas que se hacen llamar a sí mismas "honorable". Llegué con copias de la legislación vigente que afirmaba que la familia podía exigir que el estudiante repitiera curso aún en contra del criterio del profesor si demostraba que había serias dudas sobre la correcta preparación del estudiante, y argumenté que ocho de diez asignaturas suspendidas nos parecían duda suficiente. Presenté mis argumentos con seriedad y respeto, y el honorable inspector los ignoró afirmando que contaba con un informe confidencial al cual ni siquiera la familia podía tener acceso y que era favorable al traspaso de mi hermana al instituto. Y así, tirando de documentos secretos y de título de honorable me despachó a tomar viento fresco.

Alguno pensará que me quejo mucho de la educación y posiblemente concluya que fui uno de esos holgazanes que siempre le echaba la culpa al profesor... nada más lejos. Me gradué en Ingeniería Superior Informática obteniendo el cuarto mejor expediente de toda España. Mis notas me dieron, entre otras cosas, la única beca entre cuatro universidades españolas para cursar un año de mis estudios en Tokio, ciudad donde, por cierto, empezaron mis problemas con los servicios consulares. También allí fue a registrarme como residente en el extranjero llevando toda la documentación necesaria, papeles, pasaporte, DNI y dos fotografías de tamaño carné, en color, de frente y con la cabeza descubierta. El honorable cónsul miró con el ceño fruncido mis dos fotografías de tamaño carné, en color, de frente y con la cabeza descubierta y las descartó porque en ellas aparecía sonriendo. ¿Decía algo la normativa acerca de no sonreír? ¿Decían algo las circulares, la página web, la locuación telefónica o los carteles en las paredes de la embajada? No, pero eso no importaba, lo importante es que al honorable cónsul no le gustaban las fotografías de tamaño carné, en color, de frente, con la cabeza descubierta y una sonrisa, él las prefería de tamaño carné, en color, de frente, con la cabeza descubierta y el semblante serio, y como el muy honorable las quería así, así tenían que ser y otro día tuve que volver.

La verdad es que aquella mujer tenía razón, nunca dejamos atrás la dictadura. Tenemos elecciones, sí, pero estas son como las de Macondo: una mera patraña diseñada no para darle voz al pueblo, sino para hacerle callar. En el fondo seguimos estando a merced de un Gobierno y su ejército de funcionarios cuyos objetivos están lejos de servir al ciudadano, porque aquí el ciudadano no importa un carajo. Sigue habiendo un claro arriba y abajo, donde arriba es el Gobierno y abajo el pueblo. Sigue habiendo un absoluto desdén hacia las personas y un extremo desinterés sobre el destino del país, a ninguno de esos endógamos les importa un pepino hacia donde va este barco en el que estamos todos metidos, lo único que quieren es ser capitán y dar órdenes. Nadie se hace responsable, nadie es culpable, nadie da la cara por esta España que a todos nos duele pero ninguno quiere arreglar. La España de la que algún diremos aquello de "entre todos la mataron y ella sola se murió".

Treinta años de existencia pensando que el camino a la democracia pasaba por la transición. Hoy, frente a una puerta lacada en negro y custodiada por un hombre vestido de verde, he tenido que aprender (muy a mi pesar) que dicho camino pasa por cinco años de trabajo en Londres y un pasaporte británico.

domingo, 5 de junio de 2011

Hacia un nuevo antropocentrismo

Finales del siglo X. Con el año 1000 aproximándose, una cifra tan ominosamente redonda, los habitantes de la vieja Europa se preparan para lo que creen que va a ser el fin del mundo. Rige el teocentrismo, todo gira en torno a un Dios que pronto pondrá punto y final a la existencia y empezará a juzgar a hombres y mujeres. Pero el año 1000 llega y pasa, y nada sucede, y poco a poco los habitantes de este planeta se convencen de que el mundo no se va a acabar, preocupándose un poco menos de Dios y un poco más de sí mismos, volviendo la vista hacia el humano por el simple hecho de ser humano y no obra del Señor, llegando al Renacimiento.

Ahora, a principios del XXI, parecemos estar a punto de alcanzar una revelación similar esta vez con respecto al planeta. Antiguamente se utilizaban los recursos disponibles sin demasiada preocupación por su agotamiento, el ritmo de regeneración era mayor de lo que pudiéramos consumir, tendencia que ya sabemos no es sostenible en nuestros días; sin embargo, científicos empiezan a darse cuenta de que la influencia humana va mucho más allá de lo que creíamos.

Nuestro desarrollo es capaz de obrar cambios a escala geológica pero a un ritmo varios órdenes de magnitud mayor. Montañas onubenses que tardaron milenios en formarse fueron horadadas y borradas del mapa en apenas 200 años de actividad minera, dejando en su lugar hondas ollas como Corta Atalaya (la cantera más grande de Europa), con consecuentes cambios en corrientes eólicas aún por estudiar. Mares y océanos son conectados por canales artificiales como el de Suez o el de Panamá, mientras que Dubái es capaz de crear islas nuevas. Y nuestra afición por los embalses y los trasvases provoca cambios en el nivel freático, la salinización de los ríos y hasta la actividad sísmica (véase informe de la UCM).

Pero, impresionante como esto es, lo que está empezando a impactar nuestras conciencias son los cambios indirectos, aquellos que surgen como resultado de nuestras actividades. Y es que la cantidad de biomasa directamente controlada por nosotros, tanto en forma de agricultura como de ganadería, hace que ya no podamos ver la naturaleza como un elemento que estudiamos de manera aislada, sino que somos parte activa e influyente de la misma. Es el principio de incertidumbre de Heisenberg aplicado al medio ambiente. Varios ejemplos me vienen a la cabeza:

  • Las plantaciones de arroz en la Albufera de Valencia y en el Delta del Ebro causan eutrofización de humedales afectando a todo el ciclo biológico de los mismos (la eutrofización es el exceso de nutrientes en un medio acuoso y provoca el crecimiento excesivo de algas en suspensión, estas bloquean la luz solar impidiendo que llegue al fondo, acabando con la vida de las plantas que allí enraízan, eliminando el refugio de pequeñas especies como camarones o samarucs y de esta manera el sustento de la cadena alimenticia ulterior).
  • La ganadería masiva de rumiantes provoca emisiones de metano cuya relevancia no pasa desapercibida por la Agencia de Protección del Medio Ambiente de EE UU. Suena a risa, pero los pedos de vacas, ovejas y compañía suponen el 28% de las emisiones globales de metano relacionadas con la actividad humana.
  • La concentración excesiva de una especie de árbol o planta puede modificar las características del suelo. El eucalipto se ha utilizado masivamente para producción maderera y para desecar humedales, y durante mucho tiempo se ha debatido su acción acidificadora del suelo.
  • Cimarrones han hecho (y siguen haciendo) estragos ecológicos en todo el mundo. Las cabras amenazan a las tortugas gigantes en los galápagos mientras que los imparables conejos australianos acaban con cosechas enteras.

Y es que nuestra capacidad de cambio se está haciendo tal que ya no podemos ignorarnos a nosotros mismos. Estamos virando hacia una nueva forma de antropocentrismo, un nuevo entendimiento sobre cómo todo gira alrededor del ser humano: estamos entrando en lo que algunos ya llaman el Antropoceno.