miércoles, 16 de mayo de 2012

La historia desde el otro lado

Tengo ambición, lo sé. Lo que la vida me ofrece no es suficiente, tengo unas aspiraciones difíciles de satisfacer. Anhelo proyectos, logros. Anhelo prestigio y, por qué no, dinero. Anhelo algo que pueda llamar mío, algo de cuyo éxito o fracaso solo yo sea responsable. Y decido emprender.

Los inicios son duros, hace falta dinero y nadie me lo da. Los bancos me cortan el crédito y los inversores andan recelosos, así que tengo que recortar mis aspiraciones a mi presupuesto... por el momento. Exprimo cada céntimo, entre otras cosas evitando al máximo la dependencia hacia otras personas: yo me lo guiso y yo me lo como, y me paso cerca de 80 horas a la semana trabajando.

Llegan los primeros clientes, los primeros contratos. Estos marcarán tendencia, así que tiene que salir bien... si gusto volverán, si no ahuyentarán a los siguientes. Y me mato a trabajar, estoy agotado, pero no me importa porque es mi proyecto, mi vida, y lo estoy sacando adelante con el orgullo de mi sudor. Finalmente los clientes están contentos, incluso me recomiendan a otros, consigo más contratos y lo que empieza a ser cierta estabilidad en mi flujo de caja. Llega la hora de hacer algunos cambios.

Contrato a un par de empleados, los busco leales pues necesito poder contar con ellos en las horas bajas, aún no estamos para tirar cohetes. Delego en ellos parte de mis tareas pero no por ello trabajo menos horas, aprovecho el tiempo liberado para estudiar lo que ha fallado, lo que podría mejorar y hacia adónde he de virar el rumbo para asegurar el éxito. Pero poco a poco mis empleados van aprendiendo y el negocio se va asentado.

La empresa crece, ya somos unos cuantos. Justo cuando empezaba a pensar que podría bajar el ritmo y empezar a llevar un horario normal (como me recomienda el médico), veo indicios de que otros empiezan a copiar mis ideas y mi modelo de negocio. La cosa aún no es grave, pero podría serlo, y las relaciones que tanto me ha costado entablar con mis clientes podrían irse al traste. Es vital alcanzar una masa crítica, incrementar mi cartera para que la potencial pérdida de uno o más clientes no me supongan un desbarajuste económico. La zona está ya saturada y necesito expandirme a otras geografías, y eso implica oficinas nuevas, personal nuevo, productos nuevos... una inversión inmensa para la que no tengo capital. El crédito sigue siendo difícil así que decido rehipotecar mi casa para obtener el dinero necesario; si esto falla estoy en un buen aprieto, pero no quiero rendirme todavía.

La apuesta ha salido bien, nos hemos expandido a las principales ciudades del país y mi empresa ya cuenta con varios cientos de empleados, aunque la competencia empieza a ser cada vez más seria. Uno de mis empleados más antiguos ha decidido marcharse a una multinacional para crear una división que sea precisamente una copia de mi empresa... utilizando todo el conocimiento que le he dado durante estos años. Además la multinacional cuenta con unos recursos formidables: centros de operaciones de bajo coste en Chile, programadores en India, control de transacciones completamente automatizado que les permite procesar el mismo volumen que yo con la mitad de operarios... Aún tienen que ensamblar al equipo y salir a mercado, pero esto es serio, con unos costes operativos tan inferiores a los míos podrán ofrecer un precio mucho más bajo que yo y entonces será solo cuestión de tiempo hasta que esté en la calle. No veo más salida que externalizar algunas de mis operaciones a subcontratas de bajo coste y automatizar gran parte de mi trabajo manual, lo que inevitablemente implicará amortizar personal innecesario.

Los empleados se vuelven contra mí, me acusan de despidos arbitrarios. Dicen que no tengo derecho a quitarles sus puestos de trabajo, olvidándose de que si tienen trabajo es porque yo se lo di. Me llaman siervo del beneficio, a mí, que me endeudé hasta jugarme mi propia casa para sacar esta empresa adelante. Mi llaman insolidario para con la clase obrera, a mí, que trabajé como una mula arriesgando incluso mi salud para levantar esta empresa. Me llaman acomodado, a mí, que mientras veía a todos los demás sentados en el sofá esperando a que le dieran un trabajo donde le dijeran qué hacer decidí aventurarme donde nadie se había aventurado y crear un mercado nuevo. Me amenazan con la huelga, con llevar el asunto al comité de empresa. Me dicen que sus representantes les protegerán en esta vulneración de sus derechos, que no me saldré con la mía. Me dicen que son muchos y que eso les da la fuerza y la razón para luchar. Y me dicen todo esto sin darse cuenta de que están hundiendo mi empresa, mi sueño, y que con ella se hundirán todos ellos.

¿Qué hago?

martes, 8 de mayo de 2012

Azul

Una de mis lectoras más atentas me pidió recientemente una emoción. Tal cosa es de lo más difícil que se me puede pedir, hace falta tomar un sentimiento, romperlo en sus elementos constituyentes básicos y transformarlos en palabras... puede tomarme días o incluso semanas completar el proceso.

Por eso espero que, mientras tarareo esa emoción, estas simples líneas nacidas ya hace unos años y rescatadas de la memoria puedan servirle de aperitivo:

Azul sobre blanco y el brillo de la sorpresa.
Un lago en la nieve que refleja la luz del sol,
una espada que danza para clavarse en la razón.
Soledad que quiere seguir sola,
corazón que está en la cuerda floja.
Dos trozos de cielo,
dos gotas de vida.

De esos ojos me enamoré.



viernes, 4 de mayo de 2012

Nubes borrascosas

Tras las tres semanas de tranquilidad y desasosiego que fueron forzosamente provocadas por el robo de mi móvil me decanté por fin por un nuevo contrato y un nuevo iPhone 4s. He de confesar que no miré alternativas que no fueran de Apple para simplificar la transición: con un iPhone podría simplemente restaurar la copia de seguridad y operar como hasta ahora, mientras que con un teléfono Android o similar tendría que configurarlo todo de cero, aprender cómo gestionar la música y las aplicaciones, etc. iPhone parecía la opción más sencilla.

Así que me compro mi nuevo iPhone, lo dejo seis horas enchufado para la primera carga y procedo a activarlo. Idioma: inglés. País: Reino Unido. Servicios de localización: sí por favor (aunque la última vez me sirvió de bien poco). ¿Restaurar a partir de copia de seguridad? Y tanto. ¿Copia de iTunes o de iCloud? La de iCloud por favor. Y me viene el chiste.

No back-ups available.

Qué cachondo es este móvil, me dice que no tengo copias de seguridad. Apago, enciendo, repito todo el proceso de principio a fin...

No back-ups available. 

Debe ser la conexión a internet, no está conectando bien. Reinicio el router.

No back-ups available. 

¿Acaso tenía el móvil configurado con otra cuenta de iTunes? Tal ves mis copias de seguridad estén bajo mi cuenta española. Repito el proceso, cambiando la cuenta.

No back-ups available. 

Se me empiezan a llevar los demonios. ¿Así que esta es la facilidad de uso y transparencia de Apple? "Compre su móvil y restaure sus copias de seguridad desde la nube con facilidad", eso si las encuentras, claro está. Eran ya casi las 2:00 de la madrugada, así que opto por abandonar las bondades de los cumulo nimbos y volver a lo clásico: conectar el móvil al portátil y restaurar desde iTunes donde, ahora sí, veo mis copias de seguridad... pero con truco:

Copia de seguridad más reciente: 11 octubre 2011.

Muy bien, así que iTunes dejó de hacer copias de seguridad de mi iPhone hace seis meses cuando me cambié a copias en la nube, pero las copias en la nube no aparecen y me quedo en bragas. Qué maravilla, vaya cabreo pillé. Tras jurar en arameo durante 15 minutos y acordarme de todas las madres en Cupertino desistí y me fui a dormir.

El sueño reparador obró su magia y el informático que hay en mí tuvo un momento bombilla: tenía mi anterior iPhone actualizado a la última versión de iOS 5.1, mientras que el que he comprado viene con la versión anterior 5.0.1, ¿y si las copias de seguridad sin especificas para cada versión? ¿Y si no es posible restaurar una copia de seguridad sobre un iPhone de versión anterior? Manos a la obra, solo hay una forma de averiguarlo.

Conecto el teléfono al portátil para actualizar la versión, pero para eso tengo que activarlo primero y para activarlo tengo que configurarlo. Configuro el iPhone como si fuera nuevo, conecto a iTunes, descargo la última actualización, restauro el sistema operativo volviendo a la configuración de fábrica (proceso que en mi portátil siempre ha requerido varios intentos y algo de vudú). Y al estar de nuevo en blanco reinicio el proceso de configuración: Idioma: inglés. País: Reino Unido. Servicios de localización: sí por favor (aunque la última vez me sirvió de bien poco). ¿Restaurar a partir de copia de seguridad? Y tanto. ¿Copia de iTunes o de iCloud? La de iCloud por favor. Copia de seguridad disponible creada el 10 de abril a las 10:12... 10 de abril, justo el día que me robaron mi anterior móvil, más actualizada no puede estar. Perfecto.

El proceso de restauración comienza y, como se me han hecho las tantas otra vez, me voy a dormir. Y ahora sí, ahora sí que la hemos clavado, me levanto por la mañana y mi móvil tienen todo lo que solía tener: mis mensajes, mis correos, mis aplicaciones, hasta mi fondo de pantalla. Todo, no le falta ni una foto. Respiro tranquilo y vuelvo a tener fe en la manzanita... al final, con un poco de suerte y persistencia, la cosa funciona.

lunes, 23 de abril de 2012

La otra Iglesia

Los principales sindicatos de España están que trinan, no tanto (en mi opinión) por las actuaciones del Gobierno, sino por su color. Vox pópuli es el hecho de que sindicatos y Gobierno se llevan mucho mejor cuando en Moncloa se encuentra el PSOE, y los sindicatos abrieron la caja de los truenos tan pronto como el PP alcanzó el poder y empezó a realizar sus gestiones. Al mismo tiempo que los sindicatos se alzan en rebeldía se está produciendo un exacerbamiento en los ataques contra la Iglesia Católica; la Iglesia siempre ha tenido fuertes opositores, pero este incremento de actividad en ambos frentes no es para nada casual.

Para explicar mi razonamiento vayamos atrás en el tiempo, concretamente unos 70 años atrás. Franco se declara vencedor de la Guerra Civil española y empieza a planificar cómo va a dirigir el país y, muy importante, cómo va a controlar los muchos núcleos republicanos que aún quedan. La fuerza bruta no puede durar para siempre, al menos si uno no quiere entrar en una guerra eterna, y necesita otro tipo de control, uno mucho más extendido y más arraigado en la población, algo que los vigile e influya desde la cercanía, desde la confianza. Y Franco piensa en una institución con una organización fuertemente jerarquizada y presente en todo barrio y pueblo de España: la Iglesia Católica. Con la alianza entre Franco e Iglesia el dictador se aseguró un aliado a través del cual ejercer su dominio de manera muy cercana al ciudadano.

Con el fin del régimen y la llegada de la democracia la izquierda política vuelve a tener una oportunidad, pero sabedora de la necesidad de las influencias necesita de aliados de similar calibre, y busca a otra fuerza organizada con fuerte jerarquía y con una gran y variada presencia entre los españoles... tal fuerza no existía de manera legal antes de la transición, pero los gestos liberalizadores tras la caída del régimen crearon la estructura que la izquierda necesitaba: los sindicatos, presentes en cada empresa del país y, por tanto, proporcionando los "tentáculos" de influencia que la izquierda necesita. Los sindicatos son, de esta forma, el equivalente izquierdista a la Iglesia Católica.

Es más, si analizamos las relaciones entre Gobierno, Iglesia, sindicatos y sociedad vemos muchos paralelismos. Pongamos por ejemplo los beneficios fiscales de los que goza la Iglesia Católica, como la exención de pagar el IBI (muy comentada en estos días). Para empezar habría que matizar que este no es un beneficio exclusivo de la Iglesia Católica, sino que todo inmueble destinado al ejercicio de un culto religioso está exento de pagar IBI (artículo 62 de la Ley Reguladora de las Haciendas Locales); sin embargo en ningún momento se ha pedido a sinagogas o mezquitas que paguen también sus impuestos, de manera que tenemos aquí el ingrediente de discriminación injustificada que la izquierda tuvo durante el Franquismo. Pero habría que añadir, además, que los sindicatos también se benefician económicamente del favor del Gobierno: tomando datos de 2009, los dos principales sindicatos UGT y CCOO recibieron subvenciones directas del Gobierno por valor de 193 millones de euros... y esto es solo las subvenciones directas (no a sus respectivas fundaciones) y de parte del Gobierno central (no de administraciones autonómicas o municipales). Tenemos pues otro injustificado trato preferente.

Pero los beneficios de los sindicatos no acaban aquí. Si bien hoy en día es una queja común decir que los políticos no representan a la ciudadanía porque gozan de privilegios que la ciudadanía no tiene, se ve como algo perfectamente aceptable que los representantes de los trabajadores (los sindicalistas) tengan privilegios que el resto de trabajadores no tienen. Simplemente para ilustrar esta afirmación, podemos poner como ejemplo el artículo 52 del Estatuto de los Trabajadores, que establece que ante una situación de despido por causas objetivas (por ejemplo porque el puesto ha dejado de ser necesario para la empresa) los sindicalistas tienen preferencia a la hora de conservar el puesto... es decir, que no importa cuán incompetente uno pueda ser, si es sindicalista será el último en ser despedido. Trato similar podemos ver en un gran número de centros sanitarios o educativos donde monjas y curas han tenido una "casa franca" donde operar sin temor al despido... tenemos pues otro paralelismo en cuanto a la permanencia en el puesto de trabajo sin necesidad de demostrar habilidades.

Podría seguir, pero creo que la idea ya está clara y no quiero extenderme más de lo necesario. Derecha e izquierda son dos bandos y cada uno favorece a sus aliados, como siempre se ha hecho entre bandos. No defiendo los privilegios, pero si denuncio el criticar a uno alabando al otro... la Iglesia Católica debe reducir su influencia en un Estado aconfesional, es cierto, pero también debe hacerlo un sindicalismo egoísta que no aporta más que problemas.



lunes, 16 de abril de 2012

Vida offline

Con el advenimiento de la banda ancha móvil y el abaratamiento de los teléfonos inteligentes hemos poco a poco entrado en un fenómeno que llamo hiperconectividad. Nuestros móviles hacen de todo, se dice que un iPhone cualquiera tener mayor poder de cómputo que el ordenador de abordo del Apolo XI, y lo explotamos hasta el extremo. Mientras escuchamos música mandamos unos enlaces a Twitter, tras la cual comentamos las fotos de un amigo en Facebook, contestamos el correo y mandamos unos cuantos mensajes para la quedada de mañana por la noche (mensajes que pueden viajar en formato SMS, WhatsApp o para algunos incluso Skype).

Ver a viandantes cabizbajos con ojos bizcos mirando al móvil se ha convertido en una estampa común, dependencia similar a la que experimentamos a veces con la wifi. Yo mismo confieso que me falta tiempo para sacar el móvil en cuanto salgo del metro y recupero la cobertura para poder continuar esas conversaciones que dejé a mitad cuando entré. Y de hecho así iba yo el martes pasado, móvil en mano poniéndome al día por WhatsApp con una amiga de vuelta a casa por la noche, cuando me robaron el móvil.

La policía y la compañía fueron notificados para bloquear el móvil y la tarjeta SIM. Los agentes harían sus pesquisas por la zona (aunque ya me advirtieron de la baja probabilidad de recuperar mi iPhone), mientras que la compañía se comprometió a mandarme una SIM nueva para que pudiera seguir disfrutando de mi contrato con mi número. Por supuesto tardaré un par de semanas en decidir qué móvil quiero a continuación y adquirirlo, pero mientras tanto puedo agenciarme con el móvil más barato de la tienda e ir tirando... o eso pensé.

Mis primeras conclusiones de esos días sin móvil fueron lo muchísimo que lo uso, más incluso de lo que pensaba. Además de la mencionada hiperconectividad echaba mano del móvil en el supermercado para consultar la lista de la compra. También al doblar la ropa limpia, pues suelo escuchar podcasts. Oh, y en cualquier momento que veo algo interesante en la calle, cuando tomo una foto y la publico en Twitter. Y, por supuesto, algo tan mundano como mirar la hora.

No tengo reloj de pulsera, por lo que mi móvil es al mismo tiempo mi reloj y mi alarma. Lo de las mañanas lo he conseguido solucionar con el iPad, pero la hora... simplemente me he resignado a no saber qué hora es. ¿Y sabéis qué? No es tan malo. El viernes fui a un bar tras el trabajo con unos amigos, tomamos unas copas, conocimos gente nueva, pasamos un buen rato... y en ningún momento supe qué hora era. Cuando me quise dar cuenta estaban cerrando el bar y nos estaban pidiendo que nos marchamáramos; eran las 3:00, llevábamos siete horas ahí metidos. Y me gustó.

Resulta refrescante romper con la hiperdependencia de la hiperconectividad. Es liberador poder hacer cosas sin pensar más que en el momento en el que vives, no en qué están diciendo otras personas en Twitter, qué fotos se han subido a Facebook o, simplemente, qué hora es. Simplemente aquí y ahora, lo muy muy local, lo que ocurre en tu alrededor inmediato... que es al fin y al cabo lo único que te afecta directamente. Tras tantos seminarios, charlas y simposios sobre social media, resulta que mi mayor revelación reciente viene de perder el móvil y redescubrir mi vida offline.

Pensándolo bien creo que no voy a comprarme móvil nuevo, al menos no todavía. Disfrutaré durante unos días de la comunicación intermitente y de la disponibilidad del ahora. Al fin y al cabo el tiempo es finito, y el que dedicas a permanecer en contacto con los que están lejos lo pierdes con los que están cerca. Inténtalo, experimenta, apaga el móvil durante una semana entera y dime qué tal te sientes. No te arrepentirás.

martes, 10 de abril de 2012

El líder caníbal

Si de algo se está hablando estos días, es de recortes. La economía del país está en entredicho, por doquier surgen dedos acusadores apuntando a despilfarro: que si los ciudadanos abusan de la sanidad, que si la Administración tiene demasiadas capas, que si el cuerpo funcionarial está hipertrofiado... Cual aficionado de bar hablando de fútbol, todo español sabe dónde está el problema y qué es lo que se debe recortar, pero si esto es tan simple, ¿por qué no lo hemos hecho todavía? ¿Qué zarajos está haciendo el Presidente del Gobierno?

La cuestión es un poco más peliaguda de lo que nos gustaría. Repasemos cómo una persona alcanza a ser Presidente del Gobierno. El aspirante necesita apoyo popular, y de los grandes, no en vano ha de ser votado por millones de personas para alcanzar el cargo. Ahora bien, todo partido cuenta con una serie de poderosos barones regionales, incluso con poderosos alcaldes si estos lo son en ciudades grandes, y estos barones son esenciales para la consecución de la Presidencia. Por poner un ejemplo, si Gallardón se hubiera empeñado en no apoyar a Rajoy difícilmente habría este conseguido el apoyo de los madrileños. Esto hace que todo aspirante a Presidente tenga que recorrer la geografía española, despachar con los barones regionales y prometer favores a cambio de su apoyo, favores que más tarde pueden traerle problemas; un claro ejemplo de ello lo tuvo Zapatero cuando, en pos de ganarse el apoyo catalán, prometió a Paqual Maragall que sacaría adelante cualquier Estatut que el Parlament catalán aprobara.

Aquí es donde la cosa empieza a complicarse. La Administración tiene que ser reducida, cosa que debe hacerse desde la cima. Pero aquel que está en la cima ha llegado allí precisamente gracias al apoyo recibido desde esas capas que quiere eliminar, ¿cómo cortar la cabeza de aquel que te ha entronado? ¿Cómo borrar del mapa a aquellos que te han puesto en el poder? Hace falta un ejercicio de canibalismo, casi de traición, morder la mano que te da de comer. Un líder así debe aceptar que gobernará en solitario pues se pondrá en contra a toda su base. Ha de ser, desafortunadamente, un líder casi totalitario que haga lo que considere necesario para el país no importa cuántos barones protesten.

Ahora bien, la cosa no es tan sencilla como llegar hasta arriba, olvidar tantos favores prometidos y empezar a eliminar puestos (¡como si esto fuera fácil!). El Presidente del Gobierno no tiene poder absoluto, no puede llegar y empezar a imponer leyes y desmontar capas, el Presidente solo puede hacer propuestas que Congreso y Senado tendrán que votar a posteriori... y siendo precisamente las diputaciones y el Senado algunas de las reformas más importanes que necesita este país, ¿es de esperar que diputados y senadores voten a favor? No.

Si el Presidente trata de marginar a diputados y senadores en pos de una España más eficiente, estos lo marginarán a él. Tendremos un Presidente secuestrado por su propia base, incapaz de gobernar, que en el mejor de los casos será un títere y en el peor sufrirá una moción de censura que lo relevará del cargo, colocando a alguien más dócil en su lugar. Hace falta no solo un líder determinado a alcanzar un objetivo no importa cuántos pierdan fuerza por el camino, sino además un líder astuto que sepa realizar el cambio en pequeños y sutiles pasos que no despierten recelos. ¿Imposible? No, ya lo hemos hecho antes.

Un ejemplo de tal argucia política ha sido muy citado durante estos días a colación del trigésimo quinto aniversario de la legalicación del Partido Comunista de España (PCE). Como bien se relata en este artículo, Adolfo Suárez tuvo que andarse con pies de plomo para tantear la legalización del PCE, pues era bien sabido que la cúpula militar estaba radicalmente en contra de tal movimiento y, lo último que se quería, era otro levantamiento militar. De hecho, cuando la legalización aún no era más que un plan privado del Presidente (posiblemente con la connivencia del Rey), el Ministerio del Ejército distribuyó una nota a sus guarniciones en Madrid en la que se expresaba la “profunda y unánime repulsa del Ejército” ante la posible legalización del PCE. Y, a pesar de todo, a pesar de una más que latente sublevación, a pesar de las ampollas que se iban a levantar, Adolfo Suárez siguió firme en su objetivo hasta anunciar la legalización del partido comunista en lo que vino a conocerse como el Sábado Santo Rojo.

No sé si Rajoy será capaz de seguir la estela de Suárez y desafiar el status quo en aras de unas reformas tan profundas como necesarias, pero si no lo es, desde aquí hago un llamamiento por un líder que sepa comerse a su base y cambiar España hasta que, parafraseando a Alfonso Guerra, no la reconozca ni la madre que la parió.

martes, 3 de abril de 2012

Los grupones

O cupones de grupo. Seguro que todos habéis comprado ya uno o dos (o más). Son estas páginas tipo Groupon, o tipo livingSocial, o KGB Deals, o Wouchers, o quién sabe cuántas más hay por ahí. Llevan un tiempo entre nosotros y poco a poco se han normalizado hasta ser algo cotidiano pero, ¿os acordáis de cómo empezaron?

Al principio eran cosas normalitas. Recuerdo mi primera compra, un vale de £5 para comer en Wagamama que me costó tan solo £1 (y que motivó el artículo El marketing viral llevado a los cupones de descuento). Recuerdo que era imprescindible que un número mínimo de personas comprara el producto para que la venta se declarara válida, de esa mana se aseguraban una ganancia mínima en cada campaña.

Con el tiempo se meten más y más empresas, algunas con mucha picardía. Me topé una vez con un pase para escalar en rocódromo con un instructor dedicado a ti durante media hora y que costaba £25... cuando en cualquier sitio te cobran £5 por la entrada y, pese a no tener instructor dedicado, cualquiera de los presentes está dispuesto a ayudarte si le preguntas. Desde que vi este siempre compruebo el precio de la "oferta" con los precios de mercado, y me encuentro con frecuencia que de oferta nada.

Este tipo de páginas propició también una pequeña burbuja de empresas de ocio de lujo o de aventura. La idea era simple: los inversores pensaban que el ocio de lujo podía calar entre la rica sociedad londinense, y utilizarían los descuentos como puerta de entrada para romper la resistencia hacia el nuevo ocio. Así empezaron a aparecer descuentos en empresas que te alquilaban coches superdeportivos para conducirlos en un circuito de velocidad, descuentos en restaurante exóticos como el sudafricano Shaka Zulu, clases de vuelo o incluso de lanzamiento de hacha de guerra. Mi compañero de piso compró el de los coches, y para cuando llamó para hacer una reserva la empresa había quebrado y se tuvo que conformar con una devolución.

Y hasta hoy, que hemos llegado al punto en el que todo vale. Blanqueamiento de diente, masajes, té con champán, bronceado artificial... Durante una semana entera estuve recibiendo una oferta diaria para depilación brasileña a la cera, me dieron ganas de contestarles y decirles que no, que desistieran, que a mí las bolas me gustan peluditas.

Pero el colofón me vino ayer, la guinda del pastel: un descuento para una irrigación de colon. Porque no hay nada que me alegre más el día que comprobar las ofertas de la mañana y encontrarme una lavativa a mitad de precio. Abre el grifo y sonríe, que la bicicleta viene sin sillín.

Me pregunto qué ofertas se pueden encontrar en localizaciones un tanto más "piratas". Igual puede uno comprar dos riñones al precio de uno o contratar un matón particular durante un mes con un 40% de descuento. O uranio rebajado, ¡que me lo quitan de las manos!